laura cirilo escuela de arte de merida invitacion 03

ANAIDEIA, Exposición de  Laura Cirilo Fariñas con Poemas de Iván Alejo González

Enero-Marzo de 2015

Inauguración Viernes 9 de Enero de 2015 20:00 horas

...Bestias al fin, sutiles tan solo en apariencia, nosotros también hemos generado nuestros propios dispositivos para identificarnos y clasificarnos; para, en definitiva, marcarnos. Nuestras marcas son mucho más delicadas, pero se fijan a la piel y al alma —desde la epidermis hasta lo más etéreo de la mismidad—, como si a fuego hubieran sido grabadas. ¿Quién, como a reses, nos marca? ¿Quién redime nuestra prístina barbarie? Decir que el poder, sería una abstracción quizá demasiado cómplice, decir incluso, las relaciones de poder sería casi absolutorio —acaso lo mismo—, pues ambos no somos más que nosotros concretando individualmente ese poder o esas mismas relaciones que lo atraviesan, que nos atraviesan, a partir de nuestro modo de ser, de vivir; pues en esto y no en otra cosa se juega hoy nuestra breve posibilidad de resistir frente a aquellos que nos sujetan y por lo tanto nos identifican...

 

 

 

 

Sellad@s.

Estas obras no se pretenden definitivas ni definitorias, antes bien quieren ser una invitación a inaugurar un espacio común donde el arte pueda abandonar la margen de quien o quienes lo proponen hacia aquellos que lo reciben. Así pues, no se mide –caso que hubiera de hacerlo- por las dudas que solventa, sino por las que propone, por las que se le proponen. En la medida de lo posible, como pregunta el arte puede decir lo mejor de sí mismo, una capacidad indefinida de metamorfosearse de no dejarse atrapar por nada ni nadie que quiera someterlo a las mismas ontologías que seguramente ello quiera hacer saltar por los aires.

« […] acaso sea una tarea urgente, fundamental, políticamente indispensable, si es cierto, después de todo, que no hay otro punto, primero y último, de resistencia al poder político que en la relación de sí consigo.»

Michel Foucault.

Mata-sellar.

¿Tan valiente te crees que has domado a bestias?
Trasón según Terencio a un domador de elefantes.

Matasellos:

1. m Estampilla con que se inutilizan en las oficinas de correos los sellos de las cartas.
2. m. Dibujo o sello que se estampa con el matasellos.

Bestias al fin, sutiles tan solo en apariencia, nosotros también hemos generado nuestros propios dispositivos para identificarnos y clasificarnos; para, en definitiva, marcarnos. Nuestras marcas son mucho más delicadas, pero se fijan a la piel y al alma —desde la epidermis hasta lo más etéreo de la mismidad—, como si a fuego hubieran sido grabadas. ¿Quién, como a reses, nos marca? ¿Quién redime nuestra prístina barbarie? Decir que el poder, sería una abstracción quizá demasiado cómplice, decir incluso, las relaciones de poder sería casi absolutorio —acaso lo mismo—, pues ambos no somos más que nosotros concretando individualmente ese poder o esas mismas relaciones que lo atraviesan, que nos atraviesan, a partir de nuestro modo de ser, de vivir; pues en esto y no en otra cosa se juega hoy nuestra breve posibilidad de resistir frente a aquellos que nos sujetan y por lo tanto nos identifican.

Lógica circense; «más difícil todavía». No necesitamos control. Nosotros instructores de la mismidad, supervisores de nosotros mismos; hemos asumido como el mejor de los mundos; es decir, como el único posible, este que nos ha transformado en productos -cuando no en reductos de nosotros mismos-. Otrora fuimos mercancías, marcas ahora, para el instante presente. Este es el juego, su regla y su trampa. Seducidos, cuando no pervertidos, por un modelo productivo que ya no produce beneficios económicos, sino modos de vida; que nos invita a vender si no a prostituir nuestras maltrechas existencias, bajo un signo unívoco con el que poder sellarnos, etiquetarnos, identificarnos. Según cómo de buena sea tu marca, cómo de vendible sea, así serás aceptado y consumido In girum imus nocte et consumimur igni( sobre la noche giramos y somos consumidos por el fuego. Nadie queda a salvo de una obertura social como esta, pensadores, artistas, científicos, intelectuales, cuyas obras y pensamientos sirvieron para realizar una crítica de la identidad y de los procesos identitarios, han sido preteridos, subsumidos, precipitados hacia la vacuidad de la marca… Sellados. Concluidos bajo una rostridad que los clausura en una imagen aceptable, agradable, digestible para la sociedad de lo políticamente correcto, de la “correcta” política. Sus nombres, en otro tiempo, índice de una diferencia inasumible (monstruosa) es ahora síntoma inequívoco, de una rostridad re-conocible, y justamente por eso codificada, identificada, sujetada a la imagen que signo sobre signo se ha creado de ellos.
Postal filosófica, artística, científica que de ellos se nos vende y vendemos. Matasellados, dispuestos hacia los flujos que los deglutirán, ahora ya, pertinentemente cocinados. Sus rostros a través de sus nombres, dibujan la imagen del pensamiento en la que seguramente se torna aquel más irreconocible, la que lo hace fácilmente asumible y consumible. La imagen del pensamiento, como profilaxis, analogía de una existencia desarraigada de la mancha, del dolor, la imperfección…
Donde el arte o el pensamiento pronunciaban lo inasumible, pronuncian ahora límite falaz de lo identificado. A través de la cobertura pseudo-intelectual y pseudo-cultural que da la marca significante sometido a la tiranía de un unívoco significado; se evita que nos acerquemos a los márgenes de la cartografía humana más excelsa, pero también más peligrosa para un determinado modelo productivo, más interesado en la liturgia del control para perpetuarse que en la comprensión de lo real. La producción en serie de modos de vida es lo que asegura la supervivencia de un modelo como este. Hay una identificación tal entre modelo productivo y sociedad, que hace que los individuos crean que, defendiendo aquel, defienden esta.
Pensar contra uno mismo, crear contra uno mismo, suponen una fractura ineludible con respecto a esas mismas identidades que tratan de fagocitarnos en este carnaval sin máscaras. Una existencia poética en el sentido más amplio e indeterminado de la palabra está más cerca de la heráldica de cicatrices de Celan que de la epifanía de la marca, que nos ha tocado padecer.

Marca al agua.

Las marcas de agua con las que nuestras existencias son selladas parecen prevenirnos frente a la falsificación, frente a la posibilidad de que cualquiera pueda usurpar o simular aquello que consideramos más preciado, a saber, nuestra identidad, ceremonial publicitario en la que se confunde el ser con el tener y recitamos la ilusión de preservar qué somos, cuando en realidad no defendemos sino lo que tenemos-; o acaso peor, no somos, finalmente, otra cosa que lo que tenemos. Poseídos por aquello que creemos poseer.
Lejos de la realidad capital, o de nosotros mismos, bajo esa apariencia singular, única, exclusiva de cada marca al agua, de cada filigrana, se esconde un proceso unívoco, idéntico e identitario en todos los casos. Esas mismas filigranas nos marcan y nos convierten en marcas que bajo la presunción de diferencia y exclusividad esconden, sostienen y perpetúan, la producción y re-producción en serie de modos de vida, dispuestos todos para el mismo destino: Ser consumidos.
Consumidos como marca; seres o enseres consumidos bajo la marca; nosotros identidades corporativas de nosotros mismos. Nos-otros, invitados a ser la excepción que la regla confirme. Consolados por el dulzor de una zafia singularidad, nos consagramos a la última metamorfosis de un modelo productivo que en el fondo no cambia y que simultáneamente suprime en nuestro cambio, la posibilidad misma de hacerlo; nuestro ser proteico. Estas marcas no singularizan, sino que atomizan. Nos individualiza, pero al mismo modo en todos los casos; mónadas sin ventanas, incapaces de alcanzarnos, postergados en una inagotable persecución de una meta a la que jamás llegaremos.
Devenimos marca y por lo tanto objeto de consumo para no devenir más, para no llegar a ser, más allá del ritual anónimo de nuestra propia y cotidiana desaparición. Siempre hasta que seamos deslegitimados, desacreditados como marca y haya que actualizar la identidad corporativa; es decir, cambiarlo todo, para que nada cambie, para poder cumplir con nuestro destino que no es otro, que ser convenientemente deglutidos. Así nos reinventamos, nos actualizamos, nos reciclamos para que continúe la función. Lógica, esta vez, del espectáculo: Show must go on.

Como las filigranas, la marca al agua de nuestras existencias solo al trasluz, revela la sutileza de los diferentes espesores; pero es más bien a aquellos capaces de mirar a contra luz, de inaugurar nuevas zonas de visibilidad, a los que se les revelará un sentido diferente al de la primera dación ¿Sobre qué papel se marca, sobre cuál se sella? Ese, no es otro que nuestra existencia, cada uno de nosotros los únicos capaces de des-cubrir nuestra marca y quién, quiénes o qué nos ha marcado.
Idéntico caso ocurre, con los sellos que etiquetan nuestras vidas, que las codifican y clausuran. En su conjunto, configuran una trama aparentemente coherente, creíble, definible, y asumible por todos aquellos que desean escrutar la transparencia en nosotros y así mejor gestionarla en orden a su propio beneficio. Por todos aquellos, que aspiran al calor de un mundo con medidas predeterminadas, únicas y manejables, procusteo lecho en el que eternamente descansar. Desconfiar de la obviedad, de los itinerarios masivamente transitados, trazados bajo el rostro de la unicidad o simplemente dudar de lo que con facilidad se revela como obvio. Penetrar en teatro cuando todos lo abandonan, poner en cuarentena nuestra familiaridad con el mundo, tal vez fuera una de las cartografías propicias para hacerlo más habitable cada vez, para poder llegar los unos a los otros; para poder formular lo comunitario que sanciona la marca. Ese común, no es identitario, aunque da una identidad plural. La marca cancela cualquier posibilidad de politización colectiva y por lo tanto cortocircuita cualquier posibilidad de resistirse al poder. La marca individualiza, atomiza, ofreciendo la comunicación únicamente bajo el orden de la transacción económica, del intercambio comercial, sirviendo tan solo a los intereses del modelo productivo y social que la propone.
La marca, nuestro sello de identidad, es una de las metáforas posmodernas en las que podemos aprender cómo el capital es capaz de mutar para asumir las lógicas de las resistencias. Las singularidades que deben ser una de las vindicaciones de las democracias actuales, son en la actualidad patrocinadas por los poderes más oscuros y uniformadores de los últimos siglos, que para homogeneizar conciencias, conductas y cuerpos lo hacen a través de una diferencia que no difiere. Frente a lo que se pretende unívoco, la diferencia sugiere que sin ella no hay posibilidad alguna de identificación.
Si decir el ser de las cosas, no es otra cosa que de-finirlas y de-terminarlas, todos aquellos que quieren hablar de quiénes somos, todos los que nos empujan a de-finirnos y de-terminarnos, no quieren sino clausurar nuestro ser en una delimitación que sea fácilmente gestionable. Colaborar bajo el signo de la marca a ese proceso, supone hacer el juego a una ontología policial, a todos aquellos que no quieren comprender si no es para controlar, gestionar, disciplinar o doblegar nuestros cuerpos, nuestras almas. Resistirse a ello, puede ser devenir, llamarse pluma, piel o hambre. Ahora que somos sellados al vacío de nuestras propias existencias, desandar y no recorrer un camino de vuelta; sino inventar un sinfín de ellos, donde puedan declinar los nombres.


Sin sello.

Al margen de efectismos, ¿qué aluden estos sellos? ¿Qué dicen? ¿Qué se les hace decir? Su disposición en el papel, el orden de discurso que inauguran así arrojados sobre el algodón, no son sino una huella, rastro de un acaecer —lingüístico— incesantemente repetido sobre su propia novedad. Pues en esto, y no en otra cosa podemos en ocasiones reconocer arte y artista; en su capacidad para inaugurar un lenguaje o una expresión propia, singular, dentro de una lengua común. Un orden de discurso novedoso, ajeno a los designios de la convención, que cortocircuite la cotidianidad, que la descontextualice, desterrritorialice y reterritorialice indefinidamente, hasta hacerla implosionar y explosionar que la someta a un extrañamiento tal, que fruto de su desorientación devenga inédito sentido, lengua extranjera, hermosa pero a la vez indescifrable en su primaria donación.
Esa misma coreografía es la que puede articular en la experiencia artística, lo puramente conceptual y lo estrictamente sensorial; confundiéndolos en nuestra extrañeza y en la de los objetos mismos, extrañándolos en nuestra confusión común. Coincidencia erótica entre dos desconocidos para, como en todo encuentro que se precie de aquel nombre, desaparecer en él, con él, por él.

Donde el orden de lo burocrático solo ve sellos, códigos, signos de sí mismo y de la ley que lo explicita, hay quien se resiste a esos mismos códigos, a los flujos de sentido que disponen sobre la realidad; quien, como Picasso, sin buscar halla en este caso, la realidad pronunciando el mundo con una voz insólita. Ver en un objeto cotidiano, ajado por el ser al que ha sido condenado, un recurso para hender la realidad, no es sino des-realizarla y realizarla frente a su imposición unívoca. Enarbolar luces y sombras para recordar cuánto arte falta aún en nuestros días. Este, es uno de los sortilegios de lo artístico; quizá no podamos definirlo, pero sabemos reconocerlo aún cuando no podemos formular con claridad por qué.
Decía Celan, «Dice la verdad quien dice la sombra». El dominio de la luz no es, en definitiva, otra cosa que el discurso de la sombra, por eso el arte o la filosofía hablan de ella. La burocracia en su peor sentido –caso que tenga alguno de signo contrario- arroja una lección sobre cómo repercute la cuantificación en nuestras existencias, en nuestros cuerpos; reductos que, en algunos casos, resta de nosotros mismos sobre ese índice que no es apto para comprendernos, pero sí para concluirnos; operar, calcular, traficar con nuestra mismidad. Descontextulizar el sello y la tinta que certifican su legitimidad, su legalidad y dejar que cuente su drama cotidiano, o más allá, su esencia trágica que —en el más puro sentido nietzscheano—; afirmarse rotundo incluso en los trances más dolorosos. Golpe a golpe, ese ser desarraigado ya no certifica o clausura el destino de otros, sino que impugna su propio celibato; se pone y expone a merced de esos otros a quienes castraba, para que con él inauguren un territorio inexplorado, una lengua ignota pero común, una argucia una y mil veces repetida.

Esta es una de las geografías en las que se reconoce lo artístico de una forma de ver la realidad. Esta, es la magia cotidiana de Breton, el infinito turbulento de Michaux, o simplemente lo bello como el encuentro fortuito, sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas de Lautreamont.

Desmentir la realidad, desdecirla, impugnarla para decirla más real aún o incluso, para decirla simplemente. Un gesto como el que aquí presentamos puede sugerir que Duchamp o Warhol no dictaron pena de muerte contra la Belleza en todos sus sentidos y que aún resta la posibilidad de reinventar o re-descubrir la belleza del sentido, tanto como dela pérdida del mismo. Los dogmas en el arte son necesarios para subvertirlos, transgredirlos, pervertirlos… aún a riesgo de que si no se hace de forma pertinente puedan escapar fortalecidos.


Iván Alejo González

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