lorenzo vinagre escuela de arte de merida arqueologia del presente 0001

Abril- Junio de 2015, Escuela de Arte y Superior de Diseño de Mérida

Horario de 8:15 a 15 h de Lunes a Viernes

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Inauguración Viernes 17 de Abril a las 20:00h

 

 

Quiebra el barro

y entra en erupción

el cielo inteligible

flamante anuncia

el amanecer

que acaba de nacer

un nombre

para el que

no hay palabras.

 

Iván Alejo González

 

 

Arqueología del presente.


Toda huella cerámica es una arqueología del presente. Toda arqueología, aunque remita a lo pretérito, no es sino una indagación de este instante preciso, que aquí, para ti y para mí será una y mil veces investido de todos las formulaciones de la temporalidad posible e imposible. Una hermenéutica del aire con la que adivinar desde la forma los más remotos devenires del espíritu humano. Desde la ceramografía puede comprobarse el espacio recorrido desde aquel prístino alfar improvisado, desde aquellos primeros barros —incipiente ocaso del nomadismo original—, hasta las primeras urnas cinerarias. Sin embargo, hay, como en el arte en general, en algunos trazos de la cerámica actual una tendencia a reencontrarse con aquella formulación primaria, como si en su acontecer último quisiera pronunciar la comunión de la tierra y el hombre en su primer amanecer; alcanzar en esa deconstrucción, tras las ruinas del naufragio el mismo gesto danzante y aéreo, ya no aquellas primeras piezas, sino la frescura del gesto original en que seres como nosotros no volvimos a palpar la tierra con la inocencia y la ingenuidad de lo indistinto; como un elemento más de esta danza telúrica que es nuestro acontecer juntos. Redescubrir en la torsión de la forma, en su impugnación y degeneración un rastro, un atisbo de aquella intención que nos arrebató del barro y nos entregó iniciados ya a la tierra, al aire, al fuego, al agua. Esta es una de las motivaciones de la cerámica otra, de la que se quiere palabra artística. Nuestra propia carta de creencia está en ese espacio frágil, etéreo pero invulnerable entre lo puramente técnico y lo artístico.


Hay una formulación en que la cerámica impugna la forma, la violenta para desconcertar la utilidad y con ello trocar pragmatismo y funcionalidad en un ámbito artístico y conceptual propio. No se trata, como algunos sugieren de solventar la cuestión empujando esta manifestación hacia un espacio de decoración, pues lo decorativo desdice el discurso de la utilidad primera, para elaborar una coreografía en la que el objeto se somete al contexto. Lo puramente ornamental cumple así igualmente una función que sutura al objeto a su circunstancia, al sentido que el espacio le confiere, inaugurando en cualquier caso un escenario estrictamente habilitado a esos efectos; para una dinámica de superficies y manifestaciones; para lo que aparece pero no para lo que trasciende, escena en la que la propia decoración deviene decorado, tanto como los objetos han sucumbido ante la circunstancia previamente. El ámbito de lo decorativo sujeta al objeto a su ser decorativo y decoración.


Los territorios que en el S.XX explorara la cerámica se acercan, lejos de la cerámica convencional, a una forma de invocación del espacio para que éste se exprese a partir de ella, al margen de cualquier interpretación relacional entre circunstancia y objeto, disposición o configuración del espacio en que se ubique y, al menos, en un primer momento sin necesidad de integración; inaugurando para la pieza y para el espacio con el que juega el volumen un sentido propio que en su contorsión impugna no solo el sentido que habitualmente atribuimos a estas piezas, sino que las descontextualiza a ellas frente a sus orígenes tanto como a nosotros mismos.


La decoración en la cerámica y con la cerámica nos retrotrae a los orígenes de la propia alfarería, la cerámica cardial o incluso quién sabe si antes de ella las primeras digitaciones azarosas, que posiblemente no albergaran premeditación alguna marcaron, cuando fueron descubiertas por una mirada igualmente imprevisible, ya no la piel del barro, sino la de aquel animal desviado del sino que la naturaleza originariamente le hubiera reservado. En aquel instante en que arrancara la tierra de su indistinción, se arrancó a si mismo de aquella indeterminación original con respecto al resto de las bestias, generando así una singularidad inédita hasta entonces. Si bien es cierto que aquel gesto decorativo va más allá de los orígenes de lo ornamental, no es menos cierto, que en esta cerámica otra que en estas líneas aludimos, nada tiene que ver con la decoración aunque a ella se intente reducirla.


El SXX de la cerámica—como ya ocurriera en el arte en general— expone en casos como Picasso una revolución, eco en su medida de aquella efervescencia primaria. La disposición de artistas como él a abordar todos los campos de la creación arrojaron la cerámica entre otras lenguas de la plasticidad; supuestamente ajenas al arte a un espacio estrictamente artístico. Pareja a esa reformulación conocemos qué supone la irrupción de Duchamp; ruptura con lo bello, renovación de técnicas, materiales y soportes involucrados en la creación, des-cubrirán una escena inédita hasta entonces. En el momento presente esta cerámica otra, desafía todas las fórmulas habituales de la creación, la utilidad está exiliada por principio, en tanto que ya no existe ese demiúrgico proceder a partir del cual formular la copia más aproximada posible de la idea. Ahora el aire y la forma, son puro sentido, inmanente, empírico; siempre a posteriori inaugurado. Siempre esta vez, el ceramista es posterior a su pieza, “hará” (re-creará) la pieza cuando finalice, tanto como aquella le mostrará el camino a él y casi todo el tránsito servirá para que ambos sepan, cuán lejos del origen han sido ahora depositados en el tiempo.


La cerámica no será, por ejemplo, para el pintor un soporte más, sino una forma de hacer saltar por los aires la línea que tradicionalmente demarcaba con meridiana claridad lo artístico y lo artesanal. Superpuestos los planos, esa línea de indagación en la que algunos ceramistas ya se habían iniciado, lleva de la pintura a la cerámica, de la cerámica a la escultura y viceversa, pues si algo aprendimos en Duchamp y otros tantos junto a él, fue que los objetos sometidos a un proceso de extrañamiento implosionan su esencia, dinamitan el sentido ajenos a las sujeciones de la utilidad. Se reinventan y adquieren capacidades proteicas, metamórficas; casi alquímicas, transformando no solo el ser en el que perseveraban, sino aquel en el que nuestra mirada más identitaria les hacía residir. No es en ningún caso, la cuestión de si los ceramistas se volvieron artistas o viceversa sino antes bien la metáfora inmanente que transgrede y violenta esa misma identidad Artista para desleírla en una voluntad insaciable, que devora el mundo a medida que lo pronuncia en su más absoluto devenir ajeno al transcurrir y la extensión; sin la más mínima intención de arrodillarse ante quienes se acercan a esta anomalía que es el arte buscando la exactitud de la cifra.


Lejos del ingenio de redescubrir la hucha-cerdito o el botijo, gestos a medio camino entre el pop y lo kitsch pero que, según el caso, no tienen voluntad de trascender el gesto decorativo, pues recrean solo parcialmente el objeto; la otra cerámica quiere, como la lluvia, precipitarse, ser sin origen o desdibujarlo en el mismo gesto que a él remite.


El alfarero yergue el barro húmedo, lo invita a acometer el cielo a postergarse camino de la perfección y en el instante exacto, preciso, en que precisamente su sueño prolifera, lo quiebra para que sepa aquel, para que sepas tú también que en su doblez su transparencia habita, que en su imperfección es su belleza; ajena a toda forma pronunciable previamente, torsión inaudita, de su prodigio mudo y luminoso. Ahora sí; pensará el ceramista, ahora, inventarás el aire y será tu alma soplo nuevo, cada vez, en este cuerpo igualmente distinto, distante cada vez; y jugarás a pronunciar el rostro innominado se llame tierra, agua fuego o simplemente aire. Inevitable levigar en el que a ti contigo te entregará la tierra y no habrá nombre para ti, más que la mano que declama, apátrida sin origen al que deberse como tú en el punto exacto en el que tus aspiraciones se quebraron no te debiste más a mí.


Aprenderemos también nosotros como la tierra a no tentar lo que seremos, sino el más difícil todavía, llegar a ser lo que somos para poder así alejarnos de nosotros mismos como se aleja del alfarero la pieza misma cuando su mano abandona.

 

Iván Alejo González

 

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